viernes, octubre 31, 2008
Los Tequieros
Los tequieros están a flor de piel, en la punta de la lengua, asomándose por la boca, tímidos, sin atreverse a salir, espiándote, mirando cuáles son tus reacciones. Yo aprieto los labios para que no se me escapen. Pero luego llegas tú y me besas. Entonces, como en una película de acción, se llenan de valor, se creen Indiana Jones y salen a recorrer el túnel que forman nuestras lenguas, nuestros labios, la máquina siempre en movimiento de nuestros besos. No temen ser atrapados por una de las lenguas y reventados con violencia contra los dientes. Caminan sobre mis papilas y yo siento el peso dulce de sus pasos. Cuando los besos se ponen apasionados, ellos se ven sin asidero en este remolino húmedo de carnes y se agarran de tu campanilla como si fueran en un metro descarrilado. Luego la marea baja y volvemos a la ternura, pero ellos siguen ahí, aferrados, se distraen, se ponen a leer la sección de romance del periódico: mujer de ojos profundos y oscuros como barcos busca hombre con ojos de mar en calma para navergar juntos hasta el confín del mundo. Cuando se percatan de la ola de saliva que se les viene encima, ya es demasiado tarde y la lengua los empuja, se revientan de espaldas contra la pared acolchada de tu traquea y bajan en un tobogán de miedo por tu laringe. A veces uno de ellos detiene la caída al vacío aferrándose a tus cuerdas vocales y hace tanta presión con sus manos que te dan como ganas de vomitar, como cosquillas. Un viento huracanado sube en dirección contraria a la saliva y lo suelta de su asidero y vuela en el aire como un paracaidista a la inversa y sale con violencia por tu boca hasta estrellarse contra mis oídos. Su sonido retumba en mi cabeza y mis otros tequieros, agazapados junto a la última de las muelas, jugando una partidita de póker para matar el tedio, lo escuchan reproducido muchas veces en un eco lejano que cada vez suena más cerca hasta que llega a la boca como otra brisa huracanada que los levanta y vuelan cartas, sombreros, periódicos, se apaga la fogata y son arrastrados fuera y salen todos juntos. Después de esto pasa un tiempo hasta que vuelven a formarse nuevos tequieros. Están hechos de la miel que me das cuando voy a verte. Aparecen pequeñitos, pero van creciendo rápido como los hombres. Los hay atrevidos. Esos son los que se preparan como un corredor de carreras listos a salir a toda prisa apenas escuchen el sonido de alarma. Corren y se lanzan cual nadadores de competencia en una piscina. Los hay curiosos. Son los que recorren toda mi boca, los que me hacen dar un gusto dulce cuando te veo. Estos buscan la oportunidad perfecta. Se aprovechan de mi distracción, del asombro que me deja abierta la boca cuando te admiro. Se paran en mi labio inferior, como en la cornisa de una ventana, y miran hacia abajo. El precipicio les da vértigo y se agarran a la comisura de mis labios y se quedan ahí esperando la fracción de segundo en que mi boca toca tu oreja. Entonces hacen el traspaso con seguridad y con calma y se van caminando lentamente túnel adentro por el hueco de tu oído. Hay otros que nacen locos. Son maniáticos, inquietos, son los que están en constante movimiento, los que sufren de claustrofobia, los que no se acercan a los demás para jugar a las cartas y se quedan frotándose las manos compulsivamente junto al fuego. Son huraños, raros, tímidos. No soportan la oscuridad ni la humedad y no se atreven nunca a asomarse por mi boca. Se quedan en lo más oscuro de la cavidad, duermen como murciélagos, colgados de mi paladar, hasta que un día, en el paroxismo del desespero, mandan al carajo todo y se acercan a la ventana y se tiran como se tira un drogadicto de un décimo piso. Esos son los que nunca llegan a tus oídos, los que digo cuando estoy sola y se quedan ahí, tristemente tirados en el piso, como muñecos inservibles, sangrientos, muertos.
Etiquetas:
barranquilla,
colombia,
cortazar,
literatura,
prosa poética
| Reacciones: |
viernes, octubre 17, 2008
Las Haditas

Alas de mariposa
Piernas de bailarina
Cara de angel dormido
Manos de balsamina
Pelo de brisa fresca
Traje de flor naciente
Pies descalzos y sucios
Y orejitas de duende
Donde la risa baila
Donde la flor se esconde
Hallarás una hadita
Mencionando tu nombre

Para poderla ver
Tiene que ser de tarde
Con la luna plateada
Asomada por el monte
Para poderla oir
Tienes que ser valiente
Abrir tus orejitas
Pero también tu mente
Yo vi una vez una hadita
En el cenit del verano
Y con su traje de orquídea
Llegó fresca hasta mi mano
Me dijo dile a Isabella
Que escriba y llene cuadernos
No se olvide de nosotras
Aunque ya no pueda vernos
Le dije: yo, buena hada,
¿Cuándo podré yo verte?
Tú siempre me tendrás
En un ricón de tu mente
Sin más palabras se fue
Monte adentro se internó
Halló una flor y después
En sus petalos durmió
Por eso digo cantando
Nunca olvides tu niñez
No vaya a ser que una hadita
Se te aparezca después
Y recuerdes con pesar
Los días de fiesta y risa
En que tomabas el té
Con calma siempre, sin prisa
Lazaditas las haditas
Vienen a mi bailando
Y mostrándome sus trajes
En el calor del verano
Lazaditas las haditas
Cuánto hoy las extraño
Voy a salir al monte
Para ver si alguna cazo.
Etiquetas:
fantasía,
haditas,
literatura,
poesía
| Reacciones: |
viernes, octubre 10, 2008
El estigma

El hierro quemante del estigma,
la marca indeleble que duele eternamente,
selló mi frente, mi corazón y mi garganta
el mismo día que recibí el diagnóstico.
No sé como llegué hasta ese lugar
o tal vez sí, pero quiera olvidarlo.
Recuerdo una noche de gritos.
Me ví recogida en un ovillo
aterrada de mí,
presa del insomnio y de tu ausencia.
Después vino la magia,
la llave secreta que abre todas las puertas,
los rituales sagrados para alejar el mal,
las noches plenas de calor, de música, de fiesta.
La vida era una obra en la que yo actuaba.
Entonces me vestí de rosa, me perfumé de rosa,
acepté finalmente el rosa de mi cuerpo
y salí al escenario, feliz de ser mujer.
Por último llegaste, pero tú no me viste,
tu sólo viste el fútbol y yo quedé deshecha,
maltrecha, deshojada, caminé en tus zapatos,
entendí tus razones y lloré.
Llegaron las haditas y me hablaron al oído.
No pude verlas pero sentí su presencia
y cada canción era para mí
y todo tenía más de un sentido.
En la sala de espera
traspasé el tiempo y el espacio
y me ví convertida en una vieja,
trasformada en un niño asustado.
Contesté las preguntas.
Me sometí a los exámenes.
Viví la espera sin tiempo de los enfermos.
Dormí, lloré, hablé y hasta grité.
Entonces descubrí
que d-os existe detrás de una cortina.
Pero no lo dije por temor al estigma.
Supe también que yo era la elegida.
Pero no lo dije por temor al estigma.
Desperté de un corto sueño
y una hermosa mujer me condujo
a bordo de una camilla voladora
hacia el encierro voluntario.
Un angel me recibió en el pasillo.
Me dio abrigo, comida y comprensión.
Tuve por fin el descanso del sueño
y el espejo de unos ojos donde mirarme.
Afuera quedaron los amados
y yo a merced de las horas.
Salí de allí con una condición.
Llegué a la cita sin saber que me esperaban
con un hierro candente y yo ingenua
ofrecí mi frente, mi corazón y mi garganta.
Ahora ando por el mundo
con esta marca indeleble
y me deshago en tinta
tratando de explicar
a qué se debe.
Etiquetas:
estigma,
literatura,
poesía
| Reacciones: |
viernes, octubre 03, 2008
Como hacer feliz a una mujer y no perder la billetera en el intento, o el síndrome de Betty Blue

"Es raro que a una chica no le falte una crema o una loción hidratante y es raro que rechace una invitación a ir de compras. Si todo iba bien podía dispersar las nubes con un tubo de lapiz labial, dos o tres bragas o una tableta de chocolate con almendras."
Philippe Djian, 37'2 grados al amanecer
Siempre que estoy ansiosa me voy para una farmacia y allí entre píldoras y cremas, entre maquillaje, tarjetas, galleticas, bloqueador solar y hasta artículos de limpieza encuentro algo que necesitaba y no lo sabía y que me da seguridad. Creo que no soy la única mujer que experimenta lo mismo.
Lo bueno de la farmacia es que con un sólo brillito de labios que te compres, puedes sentir que ya se te mejoró el día. Y si eres mujer entiendes que esta ansiedad se debe, muchas veces, a la montaña rusa hormonal a la que estamos sometidas cada luna. Si eres hombre en cambio pensarás que tu mujer es una lunática. Pero antes de que intentes comprenderla móntala en el auto, conduce hasta la droguería y sin hacer preguntas estúpidas, ¿como qué te pasa? o ¿y ahora que hice?, déjala en la puerta y dile: Mi amor, cómprate lo que quieras y cuando vayas a pagar me llamas que yo invito. Ahí ya le estas dando carta blanca para que mejore su humor y por ende su amor por ti, porque la verdad es que muchas veces nosotras tampoco nos entendemos. Nuestra intuición nos dice que esas sombras color rosa lograrán transformar nuestro estado de ánimo y sentir de nuevo nuestro amor propio ante la chica adolescente que fuimos y que nos mira desde el espejo.
Tú, mientras tanto, puedes pasar las horas leyendo este periódico o escuchando un juego de pelota. Ni siquiera mires el reloj pues podrías desquiciarte. Si te mata la curiosidad, puedes bajarte del auto y decirle que vas a leer las revistas. Entonces te pones las gafas a lo 007 y la sigues con la mirada mientras ella huele el último perfume o conversa con otra mujer sobre los beneficios de la piña.
Un consejo, no te preocupes mucho por la cuenta. Si compra más de cien dólares quizá es porque nunca la habías llevado a la farmacia y ella se estaba reprimiendo para no comprar lo que necesita. Pero verás que por lo general se gastará unos 30 dólares y seguro que habrá escogido para ti una crema de afeitar extrahumectante. ¿Te parece muy caro por transformar a una bruja en una princesa?
Etiquetas:
ensayo,
literatura,
mujeres,
opinion
| Reacciones: |
Suscribirse a:
Entradas (Atom)




