lunes, diciembre 29, 2008

Querida Vieja


El duelo es una cosa misteriosa. Cada uno lo vive de una forma diferente. Pasaron unos tres años antes de que procesara el duelo de mis abuelos paternos, Alberto Mendoza Barraza y Maria Arango de Mendoza. Mi forma de exorcizar ese dolor fue este poema que escribí a los 16 años. Mi papá lo atesoró y hoy regresa a mí de entre sus cajones llenos de papeles. Hoy se cumple un año más de la muerte de la vieja. Y seguro que está en el cielo, en el cielo católico, ese que se gana a costa de sufrimiento. Para los que no conocen la historia, mis abuelos vivieron toda nuestra infancia postrados en mecedores, sus cuerpos debilitados por enfermedades crónicas, mientras sus mentes continuaban lúcidas. Mi abuela, paralizada por una trombosis, había perdido los reflejos más básicos como pestañear o tragar saliva, algo tan inconsciente y automático para nosotros, pero su mirada era cálida, vívida, abrasadora como su alma. Nunca pude probar sus deliciosos pudines o pasteles que eran famosos en toda la ciudad, pero el sabor dulce de su callada presencia permanece en mi alma y aún hoy me acompaña.

Querida Vieja:

¿Qué tal se está allá arriba?
¿Acaso se acabaron tus pesares?
¿Terminó ya tu sufrimiento?
¿Y los del viejo?
¿Cómo están en la otra vida?

Hace tiempo ya que nos privaste
de tu dulce y callada compañía,
de tu vida de enfermedad,
de aquella mirada grande
y aquel trabajoso hablar.

No pudimos ser amigas,
no podíamos conversar,
ni salir, ni pasear,
no pudiste disfrutar
plenamente nuestra infancia.

Sólo te sentabas en tu mecedor
cuando te hablaban sonreías
trabajosamente y un fulgor
en tu mirar aparecía.
A veces nos respondías.

Y dime:
¿Cómo está el viejo?
¿Sigue sentado en su mecedor
contando chistes malos
con los calzones encaramados?

Dime,
¿Como se siente?
¿Necesita algo de dinero?
¿Aún come tan despacio?
¿Y dónde están?
¿En el cielo?

Dónde están que ya no puedo
sentarme en las huesudas
rodillas del abuelo
y darle un beso en la mejilla.

Dónde están
que no podemos
visitarlos en domingo,
ver vuestra alegría
y darles nuestro cariño.

Dónde están
que no podemos
escuchar a nuestro abuelo
hablando de Papa Dios
y oir sus hermosos cuentos.

¿Saben?
Que me hacen falta.
Extraño su triste existencia
y extraño la vieja casa.


¿Saben?
En días como estos
emergen de mi infancia
sus recuerdos y con ellos
la pena profunda de no tenerlos.

¿Saben?
Que también me alegro,
porque donde quiera que estén
están mejor.
¡Y sé que están en el cielo!

domingo, diciembre 21, 2008

Tu marido y el fútbol: ¿simio o gladiador?


Después de convivir varios años con un fanático del fútbol empecé a resignarme y a pensar que el ruido que emana la televisión durante un partido iba a ser la banda sonora de mi matrimonio. Así que un día hice un esfuerzo sobrenatural por comprenderlo y le pregunté: ¿por qué te gusta tanto el fútbol? Confieso que la respuesta fue más trascendental de lo que esperaba.

Mi experto doméstico en artes futboleras dejó a un lado su cerveza y adoptó una pose guerrera para explicarme que este es un deporte territorial. Siguió diciendo que se trata de invadir el terreno del otro y que esto no se logra cuando los jugadores entran a la cancha contraria. Me pareció ver que sus zapatos se convertían en sandalias romanas cuando dijo: sólo hay invasión cuando el balón entra en el arco opuesto y añadió que un partido se parece mucho a una batalla, pero el ejército invasor no son los jugadores sino el esférico. Su mano se extendió como agarrando un estandarte cuando dijo: este sencillo objeto simboliza a todos los integrantes de esta armada como una bandera que se clava en terreno ajeno. Se puso pensativo al decir que el técnico es el general que define las estrategias y que para lograrlas utiliza a los jugadores. Fue ahí cuando me pareció que su pecho se hinchaba como si vistiera un pectoral mientras decía: ellos son mucho más que guerreros y forman parte de la estrategia misma. Luego retomó su cerveza y concluyó: lo mejor de la simbología del balón es que dependiendo de quien lo tenga entre sus pies la bandera que representa cambia de color. Por eso el esférico se clava en el arco. Finalmente se sentó y dijo: ahora muévete que me estoy perdiendo el partido.

No se si esta explicación ayude a convertir a las esposas de los lectores a esta especie de religión profesada por millones de hombres y algunas mujeres en todo el mundo. Sí creo que las ayudará a ver al poderoso gladiador que su pareja tiene por dentro, que aunque no se tan atractivo como Brad Pit, de seguro se ve mejor que el simio con cerveza en mano que algunas imaginan.