lunes, agosto 24, 2009

Diatriba barranquillera

En su columna titulada Farnofelia publicada en el periódico "El Heraldo" Roberto Zabaraín escribió esta singular diatriba barranquillera.

Después de lo de la aviación, la radio, la fotografía y demás, aquí quedamos con la idea de ser pioneros en todo. Pero como dejamos de serlo en lo importante, nos pasamos a lo banal, y quisimos ser los primeros en el plante, la ostentación, los viajes a Miami, la ropa, al punto que en Cartagena las mujeres apodaban Las contramarcas a las barranquilleras, en épocas en que por aquí lo que estaba en onda era ponerse ropa ‘de firma’, es decir, de famosos, pero con la marca hacia afuera, para que de lejos se viera que la blusa era Oscar de la Renta, la falda Boss, los zapatos Ferragamo, la cartera, obviamente, Luis Buitton, reloj Gucci y lentes Cartier, todas las marcas bien visibles, que la engreída lucía en franca competencia con las amigas, a su vez también contramarcadas. La que no tuviera su indumentaria marcada se sentía hija de menos madre, acomplejada, y muchos matrimonios se acabaron porque el pobre marido no alcanzaba a producir para pagar tanto plante.

Pero llegaron los piratas, imitaciones tan perfectas como los originales, no se sabía cuál era cuál, y hasta las auxiliares domésticas –ahora se les dice así– lucían sus contramarcas, por lo que se perdió la gracia.

Tocaba entonces buscar otros terrenos donde alardear, y comenzaron con los matrimonios. Dejaron de ser aquellas fiestas con la elegante sencillez y sobriedad que demanda el acontecimiento, y apareció la opulencia, sofisticados recordatorios, sillas disfrazadas más que vestidas, adornos todos “traídos” como le dicen los cachacos al contrabando, varios buffets toda la noche abiertos, dos o tres orquestas que no dejan espacio a la conversación, y para rematar, ‘la hora loca’, que previo reparto de costosas máscaras pitos y carnestoléndicos gorros llega un show con bailarines, mariachis, y hasta un millo, que era impensable en un matrimonio. Claro, toca hacer el plante de animación, aunque a uno le parezca idiota esa alegría forzada. Ni hablar de los vestidos, otra feroz competencia, tenaz camello del que públicamente ellas se quejan para que se sepa el precio, cosa que les encanta, porque si no ya habrían inventado un esmoquin para mujeres, todas siempre iguales, y problema resuelto.

Lo malo es que los matrimonios no son muy frecuentes y solo se unen dos familias, pocas oportunidades para alardear, así que ampliaron la ‘farnofelia’ hasta las primeras comuniones, que la hace todo el curso, y así se programan no menos de diez fiestas, cada una con la suya, además de la oficial del grupo. Lógico, para cada fiesta las mamás encontrándose donde las cotizadas y costosas modistas, quejándose de los millones gastados en la primera comunión, de lo caro que es tener hijos, y de paso trasladándoles a éstos el esquema para perpetuidad de la ‘farnofelia’, de tal manera que no se sabe dónde irá a parar este asunto de la ostentadera, que viene de la mano de la corronchera, nadie parece moverse en rescate de la perdida elegancia, y terminaremos pareciendo una ciudad de ‘traquetos’.

El texto me llegó por correo electrónico y no pude quedarme callada. Esto fue lo que le contesté.

Roberto:

Te falto incluir los bautizos de los niños, para lo cual se organiza un almuerzo o, mejor aún, un bruch, preferiblemente en el salón San Juan del Country Club o de cualquier otra asociación social de renombre. El uniforme indispensable de los hombres es guayabera color claro de Francesca Miranda debidamente planchada y almindonada al igual que los conjuntos de blusa y falda de hilo o en su defecto de lino muy fino y transparentoso de colores pastel para la señoras. Tampoco mencionaste los cumpleaños de los niños especialmente el primer cumpleaños del bebé que aterrado ve como el salón social de su edificio está decorado con vibrantes colores de algún diseño o personaje infantil de moda ya sea Baby Einstein o el afeminado Mickey Mouse. ¿Alguien me puede explicar que goce puede ser para un bebé estar en un salón atestado de niños y niñeras, disfrazado de marinerito con gorra y todo, con la esordecedora música de los canticuentos a todo volumen? No es sino ver las fotos que le toman a los menores: la madre con una sonrisa de oreja a oreja pues demuestra a sus amigas que la mesa del pastel tiene más sorpresas que otras y que el pudín es una escultura de colores a punto de perecer bajo las manitas ingenuas del infante que quieren agarrar la velita tras lo cual viene el subsiguiente quemón y llanto, perpetuado para siempre en la foto de cartón, único recuerdo que por suerte tendrá de tan traumática experiencia. Y qué decir de los cumpleaños numero cuatro, cinco o seis. No se me olvida esta imagen que un día mis ojos capturaron cuando se paseaban en vacaciones por el Country Club. En el ala infantil junto al "playground", así se le dice ahora al subibaja, un ejército de nanas vestidas de punta en blanco formaban una medialuna sentadas en sus respectiva sillas de plástico Remax mientras degustaban el sabroso pastel con CocaCola. A su lado otro grupo se sentaba en forma de medialuna, esta vez se trataba de las respectivas patronas de las nanas que amenas conversaban quién sabe sobre qué mientras ostentaban las consabidas gafas Gucci, la cartera Hermes, el reloj Cartier y la ropa Made in China pero comprada en algún "mall" de Miami. Mientras tanto los pequeños sentados en el piso de tierra jugaban unos con otros a veces riendose, otras peleando y muchas revolcándose en la tierra sin que ninguno de los mas de 20 pares de ojos se percatara de que sus ropas Baby Gap o Baby Nautica habían quedado arruinadas para siempre y sólo un desgarrador llanto a todo pulmón hacía que una de las nanas dejara a un lado su plato desechable para atender al desconsolado menor. Eso es lo que yo llamo un cumpleaños infatil como sólo la farnofelia barranquillera puede producir.

Y tú...que opinas?

lunes, agosto 10, 2009

Cría fama...

Ser famoso en Barranquilla es una cruz a llevar. Una cruz que nunca se quitará de tu espalda no importa cuanto enmiendes tu vida, no importa que te cases con el presidente de una multinacional, un tipo de apellido compuesto, viajado, estudiado en el exterior, buenmozo, fiel, trabajador; no importa que ahora seas una exitosa profesional con maestrías y doctorados, con carrera en compañías de gran renombre, con contactos increíbles en tu rubro; no importa que seas la mejor mamá del mundo, la que está presente en todas las presentaciones de tu hija, la que lleva al muchacho a las clases de fútbol, karate, tekondo, basquetbol, no importa que tengas un título en educación preescolar y que sepas hacerle ropa a las muñecas y que además hornees una galletitas con las que sueñan los amiguitos de tus hijos quienes las ven flotar en el aire de su cuartos color pastel y ellas giran y bailan y cantan antes de meterse en sus bocas y derretirse dejándoles al amanecer un sabor dulce en vez de la boca pastosa y amarga de la mañanas. Nada de eso importa. Lo único que se escuchará de ti será esta frase con la que concluyen todas las parrafadas sobre tu vida: …sí, pero yo me acuerdo que esa muchachita era tremenda.

Después de tantos años de decir que en Barranquilla no podría vivir, me he dado cuenta de lo contrario y de que además me gustaría, pero de esta forma. En Barranquilla, una ciudad de apariencias donde lo importante no es serlo, yo podría ser todo un personaje. Y un personaje de los que a mí me gustan. A mí que me importa un pepino el que dirán, que inconscientemente hablo en un volumen más alto de lo normal, un volumen más alto del que utilizan el resto de los costeños, que eso ya es decir mucho, a mí que no me importa pelearme con alguien en mitad de la calle, a mí que tengo tanto de la niña Tulia, vivir en Barranquilla me daría una fama escandalosa. Sería todo un disfrute escuchar mi vida en boca de los vecinos o al tomar un autobús, camuflada bajo otras ropas que no son las mías con una de las tantas máscaras que colecciono. Sería maravilloso escuchar mi propia historia contada por las habladurías y los chismes, con hechos distorsionados por el teléfono roto y de boca de la prima de una joven fifí que al subirse al bus se sentó en el puesto contiguo y a la que le bastó una sonrisa y una mirada atenta de mi parte para ejercer toda su incumbencia currambera e iniciar ella una conversación en que sin saberlo yo iba a ser la protagonista. Ella dice que escucho mi historia de fuente muy fidedigna: su muchacha del servicio es la mejor amiga de la muchacha de una vecina que vive cerca de mi casa y esta a su vez está de novia con el sereno que pasa por mi cuadra quien conoce al señor que me corta la grama y que viene cada mes a ocuparse de mi patio. Hago un esfuerzo sobrehumano para contener la risa y seguir con mi actuación de señora clase media que va para el centro, por que allá todo es mas barato, a comprar unos encajes para un vestido de primera comunión que me encargó la vecina de enfrente. Ante mis ojos veo pasar retazos de mi historia como los que cuenta la revista TV y novelas, plagados de distorsiones, calumnias, y hasta versiones mejoradas de mi realidad.

De mi paso por la televisión, ¿qué quedará? Posiblemente nada. ¿Encontrará alguien los tapes en que salgo presentando o reportando? Yo que pude haber alcanzado la fama si me hubiese metido a presentar las noticias en vez de producirlas, escogí otro camino. Ser un personaje mitológico de Barranquilla, como los que describe mi entrañable amiga Marvel Luz Moreno, a quien nunca conocí y quien en este momento mira sobre mi hombro lo que escribo con una mirada de aprobación y un gesto de angustia porque no me vaya a equivocar, eso me gustaría a mi ser. Pasearme por las calles y que la gente me salude al pasar. Ser interrumpida en Dulcerna, en medio de un sorbo de café con leche acompañado de una bicicleta miniatura, por una joven que lleva apretado contra su pecho uno de mis libros y que no se atreve a dirigirme la palabra tan solo se sonroja y me mira fijamente y yo me hago la loca hasta que se lanza y me ofrece una pluma que pide prestada a la muchacha del mostrador y extiende hacia mi su libro para que yo se lo firme. Esa es la clase de fama que yo quiero tener.