viernes, noviembre 20, 2009

Angel de la escritura pasa volando por Miami


Angela entró al salón de la Feria del Libro, donde se presentaría junto a su más reciente novela "Ella, que todo lo tuvo", con la contundencia de quien sabe que es su momento de salir al escenario. Pero siendo ella, no supo cuál de las dos puertas abrir y cuando lo descubrió el público aplaudía rotundamente. Lo primero que noté fue su cabello largo, rizado y esponjoso, color rubio cenizo, que ella usa a manera de sombrero para taparse la cara. Trajo también consigo un cuerpecillo delgado enfundado en unos ajustados pantalones (o eran bluyines), botas altas de cuero negro, camisa blanca abierta hasta el escote y chaqueta negra. Al sentarse dejó sobre la mesa la bufanda que traía al cuello. Nos miró de frente.

El auditorio estaba poblado en su mayoría por mujeres. Seríamos unas 40 personas. Los ojos de Angela se opacaron un poquito cuando dijo que el espacio estaba medio vacío. En comparación, momentos antes el ex narcotraficante y escritor Andrés Lopez, había casi llenado la sala. Un grupito de adolescentes que estaban allí por encargo de la maestra llegaron todos juntos y se sentaron igualmente.

Poco después empezó un monólogo en donde ella misma se hacía las preguntas que pensaba que nosotros haríamos y nos regaló sin arrogancia ninguna detalles de cómo es su vida de escritora. Nos confesó que es una lectora incansable y que tiene varios autores a quien le gustaría tener de frente para hacerles esas mismas preguntas. Reveló que a la hora de leer subraya sus libros, pero explicó que al releerlos ya no está de acuerdo con el subrayado, sino que piensa que debe subrayarse más bien otro pedazo y cómo el lector está haciendo un proceso creativo al momento de sentarse frente al libro. “Un libro es una materia viva” nos explicó.



Pasó entonces a contarnos detalles sobre su más reciente novela “Ella que todo lo tuvo”, premio Planeta Casamérica. Nos comentó cómo el personaje principal se le apareció un febrero helado en Florencia, Italia, dentro de un bar. Se trataba de una mujer muy hermosa y rica en apariencia, con una mirada muy, muy triste. Aquí hizo un paréntesis para decirnos que ella escribe por aburrición, que la vida le parece aburrida y por eso escribe y reveló una técnica de todo buen escritor: “hay que observar, dijo, porque observando aprendemos”. Durante cierto tiempo tuvo este personaje en la cabeza, pero siempre posponía el momento de empezar a escribir la historia, porque sabía intuitivamente que iba a ser dolorosa. Y añadió que “las historias llegan cuando a ellas les da la gana de instalarse”. Nos contó que se peleó con esta novela y la absorbió tanto hasta el punto de que cuando empezó a escribirla se tuvo que ir de casa y vivir el encierro de la protagonista en un hotel. Otra imagen impactante que nos narró fue la de ella misma gritando como loca bajo la ducha para sacarse de encima el dolor del personaje.

De repente en medio de la presentación y ante la desparpajada protesta de Angela que les decía que no lo hicieran, los muchachitos de colegio se levantaron de sus sillas y se fueron en fila india tras la maestra que adujo debían volver a casa antes de cierta hora. Retomó el monólogo hablando de cómo vive, de la casa que tiene en el bosque en las afueras de Barcelona, de la imagen surreal de los conejos que la persiguen cuando sale a trotar por el bosque con una bolsa de zanahorias para repartir entre sus peludos amigos, de sus hijas, de su marido, del altillo que tiene en su casa, su torreón de paredes escritas, lleno de cachivaches que va recogiendo en sus viajes por el mundo. Fue en ese momento que nos contó cuánto le gusta el incienso y por qué lo compra en Sevilla. “Compro mi niñez allí” dijo explicando que su madre la llevaba a misa de pequeña. Finalmente nos contó que por las tardes se sienta a escribir dos páginas diarias.



Al final de la charla me armé de valor y le hice una pregunta vaga, los nervios me traicionaron, y creo que lo que debió sonar como un halago, sonó más bien a lambonería (adulación interesada en colombiano). Después de mí, una muchacha tomó el micrófono y con firmeza aseguró que sus libros la habían movido hasta el alma, mientras sus otras dos secuaces asentían. El público aplaudió con júbilo. Fue allí que se terminó la presentación y una larga fila de lectoras se decidieron comprar el libro que ella firmó gustosa. El mío ya lo había comprado antes de la presentación, pues aunque quería escucharla no necesitaba hacerlo para darme cuenta de que es una de las buenas y pocas escritoras colombianas que tenemos, no en vano he leído sus dos primeras novelas “De los amores negados” y “El penúltimo sueño”. “Ella, que todo lo tuvo” me queda de tarea y el autógrafo me queda de recuerdo.

martes, noviembre 03, 2009

Elena Tamargo en la Ciudad Secreta

Llegué a la cita tarde como casi siempre, pero llegué. Me metí por una hendija de la puerta entreabierta y me senté en el último puesto. La pequeña galería estaba repleta y todos escuchaban atentos a la poeta. Yo a duras penas podía verla sentada allá, adelante, junto a dos amigos, de frente a nosotros, pero su voz era fuerte y decidida y como siempre he sido buena escucha me perdí en sus palabras. El lugar ayudaba a que fuera entretenido no mirarla. Decenas, tal vez cientos de objetos orientales poblaban los bordes del pequeño recinto Agartha Secret City, una verdadera ciudad secreta con toda su magia en el corazón de Coral Gables. Y así, mientras un buda o un dragón me miraban y los cristales colgaban tentadores como caramelos transparentes para el espíritu, me fui adentrando en el significado de sus palabras.

Después de un rato pude cambiar de puesto y observarla. En medio de ángeles y diosas hindúes, la poeta cubana Elena Tamargo tomaba asiento con propiedad. De cara al pequeño público que llegó esa noche de domingo a escucharla, imponía su presencia con un trajecito de encaje negro forrado en tela color piel que dejaba al descubierto sus hermosas piernas blancas, sus hombros abrigados por un chal o chaleco de retazos de tela negra simulando plumas. En la mano izquierda, un guante de encaje negro sin dedos dejaba ver sus uñas cortas pintadas de rojo, mientras que los zapatos de plataforma y los aretes de perla complementaban el atuendo. Creo que Elena se esmeró para la ocasión, su pelo parecía alisado de peluquería y su cara estaba adornada por un maquillaje fuerte que tal vez no acostumbra a usar.


Lo que nos hipnotizó durante varias horas no fue su apariencia, sino la profundidad de sus palabras. En su conversación entendimos que es una mujer muy culta, estudiada, que habla con certeza de los temas que conoce, el romanticismo alemán, sobre todo. Elena tiene los papeles para probarlo: estudió Germanística y Filología en la Universidad de La Habana y realizó estudios de posgrado en la Universidad Lomonosov de Moscú y la Universidad Iberoamericana de la Ciudad de México, dice la revista Baquiana, que publicó algunos de sus poemas (pulsa aquí para leerlos).

Fue en el país de los Aztecas donde tocó por primera y última vez el tema del exilio, nos explicó, y dijo que para ella “fue como una receta de médico”, que le sirvió para lidiar de una vez por todas con ese sentimiento de expatriada y dejar atrás muy rápido el dolor de extrañar a su isla, a su pasado en Cuba. Precisamente en México conoció la poesía del argentino Juan Gelman y entabló amistad con él, a quien describe como el modelo de lo que debe ser un poeta: que hace de su poesía su manifiesto y su cura. “Mis grandes pasiones son la poesía alemana, rusa , y lo que la biografía le aporta a la vida”, dijo.

El regalo que nos trajo aquella noche fue un texto de una novela aún sin nombre que dijo está muy avanzada y que tiene que ver con su salvación. Nos confesó era la primera vez que leía en público algo que está escribiendo. Empezó diciendo: “Cada vez que me siento en un sillón dejo una mancha de sangre”. Tras leer el texto, Elena nos habló de su batalla contra el cáncer, de su viudez, de la religión yoruba, entre otras cosas. Yo me quedé pensando en una enumeración de palabras de su novela la cual leyó con el mismo ritmo cadente que tiene su amigo Juan Gelman, a quien llevo con cariño entre los viejos casetes de poesía que escucho en el auto cada vez que me da un ataque de literatura.

Para finalizar, poeta y escuchas entraron en amena discusión. Creo que alguien le preguntó si la poesía era un talento o un oficio adquierido, a lo que ella respondió “la poesía es un don, y uno no debe vanagloriarse de lo que el cielo le dio”. Estoy de acuerdo y creo que Elena lo tiene.